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Cuando abras Memorias en conserva, abrirás una caja de lata de las de antes, en las que se guardaban las fotos y las cartas recibidas. Dentro encontrarás 80 tarjetas grandes, como postales de las que se llenaban de besos.
En cada tarjeta, un relato de los que José Luis Gutiérrez, Donguti, ha ido recogiendo en años de escucha a las viejas, a los viejos, desde Zamora hasta Murcia, desde Galicia hasta La Vera extremeña.
Las ilustraciones, creadas por Leticia Ruifernández, son collages realizados con fotografías, recortes de periódicos, bordados hechos por manos sabias…
Un viaje a la España de la primera mitad del siglo pasado. Una caja que abre la puerta de las palabras olvidadas, de los papeles y las telas a los que la memoria se aferra.
José Luis Gutiérrez, Donguti y Leticia Ruifernández vuelven a ofrecerte un nuevo banquete para degustar con calma, con tiempo. Con el tiempo enredado en los pliegues del ayer.
Para Donguti y Ruifernández
En Arenas de San Pedro,
bajo alcornoques o encinas,
he recibido una lata
de conservas, las más finas,
de Donguti y Ruifernández
o del Guti y la Leticia,
el presente más notable
que nadie me obsequiaría.
Todo fue llegar a casa
y abrir la caja bendita
para ver un asombroso
retablo de maravillas.
Pronto me topé a la puerta
con la venerable «Niña»,
cuyos hermanos se fueron…,
¡nada menos que a Argentina!
Me adentré en la Manzaneda
y conocí a la Felipa;
también conocí una gata
que se llamaba María,
y aún no hemos descifrado
si fue bruja o fue minina.
Y conocí a la Pelona,
la más robusta nodriza,
que tenía leche a cántaros
para preservar la vida
(si no venía la gripe
y los niños se morían);
si salían adelante
y espigaban y crecían,
jugaban luego en las eras,
al tangue, al burro o al pilla,
al aro, al esconderite,
porque balones no había.
Era la época del hambre:
niño hubo que no sabía
comer con cuchara: nunca
la había visto en su vida.
El pan de los años mozos,
la socorrida tortilla,
con o sin bicarbonato,
y a veces patatas fritas.
En las Memorias se alcanza
el aceite de Sevilla,
las alubias y garbanzos
en el Campo de Medina,
y unas lentejas con bichos
que nadaban como anguilas.
Comían sopas de leche,
en la matanza morcillas,
y la llamada chanfaina,
manjar de tan alta estima
que solo en las grandes fiestas
y en las bodas se comía;
las truchas valían oro,
y cuando al río venían
cargadísimas de huevas,
oro molido valían.
Ahí están los segadores
por las tierras de Castilla;
el oficio de lobero,
la siega del pan, la trilla,
y el incendio de una parva
por trillar unas cerillas;
los cestos para llevar
las uvas en la vendimia;
el despachar a las vacas
y el ordeñar a las chivas;
los perros y los mastines,
los conejos, las gallinas,
la cuadra de los gorrines,
las mulas y la borrica.
Hubo curas que mandaban
más que el mismo Cabecilla:
el cura criminalísimo
que mandó hacer en la esquina
del corredor un sentajo
pa no cagar en cuclillas.
Las semanas de cuaresma,
el día de la ceniza,
procesiones en Zamora,
y obligación de ir a misa;
responsos de san Antonio
para hallar cosas perdidas;
el caso del portugués,
la Angelona descreída,
que le quedó el pelo blanco
por las ánimas benditas.
Hay mil cuentos y consejas:
la historia de Lamparilla,
que solía cantar coplas
en el coche de Medina;
la del Plácido difunto,
cuya mujer le plañía:
«¡Ay, Plácido de mi alma,
ay, Plácido de mi vida,
que vas pa la casa triste,
vas pa la casa vacía,
la casa de la miseria,
sin pan y sin alegrías!».
Y dijo un niño, que andaba
con su madre y tal oía:
«¡Ay, madre, que nos le traen
a casa!». Se parecía
a aquella del Lazarillo
tantas veces referida.
Los libros de la maestra
al lado de la cocina;
el médico en otro pueblo
y la lejana botica;
la música de los pájaros,
del cuco y de la bobilla;
la penumbra de las casas
que con sola una bombilla
daba apenas para ver
cuando la madre cosía;
los reclutas enviados
a las filas de Melilla;
los años en que mandaban
los azules falangistas,
que a golpes de yugo y flechas
iban haciendo las listas
para llevar a las tapias
los maestros de otros días.
En la guerra hubo que hacerse
o rojo o estraperlista;
época de contrabando,
la mejor contrabandista
vino a ser la Tía Platera,
con una nariz tan fina
que sabía dónde estaban
los guardias y los guardiñas,
para cambiar por café
los garbanzos o la harina.
Del hambre hubo que marcharse
pa Alemania, Francia o Suiza;
y hubo quien volvió de Francia
con un picú y un gorila,
dejando en nuestra memoria
chascarrillos y chuflillas.
También oí en las Memorias
las rondas y las jotillas,
los bailadores de charro,
las gaitas y los solistas,
y los remedios del ajo
para ahuyentar a la bicha;
los bordados, el encaje,
los bolillos, las puntillas,
o los colchones comprados
con mantones de Manila.
Y aquí se acaba la historia,
como acaban las hormigas
si barruntan el otoño…
Mi nieta entonces decía:
¿Y por qué no eres el Guti?
Yo le respondí: «Mi niña,
porque yo no sé coger
culebras y lagartijas».
Y ella contrargumentó:
«¡Pues entonces sé Leticia!».
Pero eso sí que es difícil
con caja tan exquisita.
EMILIO PASCUAL
San Sebastián de los Reyes,
4 de de junio de 2024